Batracio

Capítulo 1: Cerca del Sol

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9 Octubre, 2017

Mi vida en la Tierra empezó por accidente. Fue por culpa de una canción, cantada por un niño que quería volar.
Yo solo intentaba ayudarle; aunque me parecía increíble que no pudiera hacerlo, porque sus canciones volaban muy alto. Tan alto que a veces llegaban hasta mi planeta y me despertaban en mitad de la noche. Eran tan bonitas…

Por eso me hice su amigo. Todas las mañanas volaba hasta la Tierra, y me escondía tras unas rocas para poder escuchar su canción. Después salía de mi escondite y me acercaba a él muy despacio, para que no se asustara. Siempre me saludaba con una gran sonrisa.
–¡Ya estás aquí! —solía decirme—. ¿Me enseñas a volar?
Y yo lo intenté.
Pasábamos mucho tiempo juntos, pero mis clases de vuelo no tenían ningún efecto sobre él. Su planeta ejercía una terrible fuerza que lo mantenía anclado, y por más que lo intentaba, nunca conseguía elevar los pies del suelo.
Pero mi amigo jamás se rendía, e insistía en que yo le enseñara a volar.

Algunas veces nos olvidábamos de todo, y tumbados sobre la hierba, jugábamos a encontrarle formas a las nubes que pasaban. Otras veces nos divertíamos escuchando el sonido del viento y tratando de descifrar los mensajes ocultos que transportaba de un sitio a otro.
Pero con el paso del tiempo, aquel niño empezó a sentirse muy desdichado, y su canción fue perdiendo notas y haciéndose cada vez más corta. Su incapacidad para volar le había sumergido en una profunda tristeza, y llegó un momento en que ya no tenía ganas de cantar.

–¿Por qué no me llevas contigo? —me preguntó una mañana—. No peso mucho. Si me agarras fuerte, podríamos volar juntos.

Yo sabía que aquello no iba a funcionar, pero… ¿Por qué no intentarlo? Él era mi único amigo, y quería ayudarle como fuera.
Nada más cogerle del brazo, me quedé helado. Un calambre me recorrió de arriba a abajo, y de pronto sentí todo el peso de mi cuerpo. Aquel niño ya no estaba conmigo.
Me miré las manos, pero ya no eran mis manos. Intenté volver a mi planeta, pero ya no podía volar… ¿Qué me había pasado?

Pasé mucho tiempo allí parado, sin poder moverme, tratando de acostumbrarme a la gravedad de la Tierra. Aquella fuerza me empujaba sin piedad hacia el suelo, provocándome terribles mareos. Tuve que aprender a utilizar las piernas para desplazarme. ¡No lo había hecho nunca!
Primero un pie, después el otro… Cada paso me costaba un trabajo enorme, y tenía que pararme a menudo para descansar.

Tras una penosa travesía conseguí llegar hasta un camino, y decidí seguirlo para ver a donde me llevaba. Al cabo de un rato, me crucé con un grupo de personas que viajaban a bordo de un arcaico vehículo con ruedas.
Debieron verme muy mal, porque varios de ellos se bajaron y me ofrecieron su ayuda. Era mi primer encuentro con humanos adultos, y desde el principio me inspiraron una gran simpatía. No parecieron extrañarse al verme, más bien me trataban como si fuera uno de ellos.
Entonces lo comprendí todo, al verme reflejado en el cristal de aquel vehículo. Me quedé paralizado… Mis manos, mi cara, ¡mi cuerpo entero! No era el mío, sino el de aquel niño al que había intentado ayudar. Estaba atrapado en su cuerpo.

Y así fue como comenzó mi vida en la Tierra. Por un desafortunado accidente que todavía no logro comprender. Sin embargo, estoy convencido de que todo sucede por algún motivo, y no me arrepiento de nada.
Me costó mucho acostumbrarme a la fuerza de la gravedad, pero poco a poco conseguí tomar el control de mi cuerpo, y ahora soy un niño más de la Tierra. Incluso tengo unos padres que me han acogido en su casa, me dan cariño, y me enseñan todo lo que necesito saber para vivir en este planeta.

¡He aprendido a hacer muchísimas cosas! A correr, a saltar, a tirar piedras, a montar en bicicleta… Incluso he aprendido a cantar. En la casa donde vivo he encontrado una guitarra, y también estoy aprendiendo a tocarla. Me gusta mucho cantar y tocar a la vez, y le dedico bastante tiempo.

También he descubierto que tengo otras habilidades que no tiene ningún otro ser humano. Puedo comunicarme con las plantas, y también con el resto de los animales del planeta. Sobre todo me llevo muy bien con los pájaros. Paso mucho tiempo hablando con ellos, y me cuentan historias increíbles sobre lugares lejanos donde solo ellos pueden llegar.

Muchas veces echo de menos mi planeta, pero sobre todo… ¡echo de menos volar!

Sí, ya sé… Os estaréis preguntando qué fue de aquel niño que quería volar.
Pues bien, hace poco me contaron que mi amigo consiguió hacer realidad su sueño y ahora vive feliz en algún lugar de esta galaxia, sobrevolando el planeta que un día fue mi hogar.


Texto: Miguel de Lucas (Dr. Sapo)
Ilustraciones: Diego Alcalá


NOTA:
Este es el primero de los 11 capítulos de mi diario. Tenía muchas ganas de compartirlo con vosotros, así que he pensado publicar un capítulo cada semana. Espero que os guste.

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4 Comments
  1. Responder

    Sonia Amable

    16 Octubre, 2017

    Increíble como siempre, adoro cómo escribes y ya era hora que le dieses un huequito a ese don que Dios te ha dado. Comparto y espero que te lean mucho te lo mereces

    • Responder

      Miguel 1,2,3

      17 Octubre, 2017

      Gracias Sonia!
      Haces honor a tu apellido 😉
      Un abrazo de batracio!!

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