Batracio

Capítulo 10: Manos Arriba

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13 Diciembre, 2017

Qué ganas tenía de sentarme a escribir. En estos últimos meses han pasado tantas cosas, que no sé por donde empezar…

Nos hemos mudado a una casa nueva, con un pequeño patio donde crece un manzano. Junto a él he plantado mi huerto, y me encanta volver a estar en contacto con la tierra, y ver cómo crecen mis lechugas. Ellas me sonríen todas las mañanas, y cuando las pongo en ensalada, lo llenan todo de alegría.

En la buhardilla también he descubierto un rincón muy especial. Hay una ventana donde todas las tardes asoma el último rayo de sol, y justo ahí hemos puesto un sofá de esos con respaldo abatible.

Mi novia está igual de guapa que siempre, y nuestro amor sigue intacto después de tantos años. Nunca hemos dejado de jugar, y aprovechamos cualquier oportunidad para reírnos juntos. Creo que la risa es el mejor antídoto contra el aburrimiento, y por eso la usamos siempre que podemos.

Yo sigo dedicándome a lo mismo: hacer canciones y cantárselas a la gente. Y por suerte, me sigue divirtiendo igual que el primer día.
¡Me siento tan afortunado! Sobre todo viendo las caras de algunos cuando salen de casa para ir a trabajar… Parecen robots en modo piloto automático. ¿Por qué no cambian de trabajo? En fin, hay cosas que jamás entenderé de los humanos, por muchos años que lleve viviendo en la Tierra.

Las dudas no me han abandonado, pero poco a poco estoy a prendiendo a vivir con ellas. Incluso me estoy haciendo amigo suyo. ¡Y qué otra cosa puedo hacer!
Algo parecido me pasa con la industria musical: los dos viajamos en el mismo barco, pero cada uno a lo suyo.

Como veis, parece que le estoy cogiendo el tranquillo a esto que llaman “la vida del artista”. Pues oye, no me va tan mal. Incluso ahora vendo más canciones que antes. ¿Os lo podéis creer?
Según dicen por la tele, este año termina la crisis, y por eso la gente está más contenta y gasta más dinero. Sin embargo, todos mis amigos piensan que eso de la crisis es una mentira, y que se la han inventado los señores de la foto para tener la sartén bien cogida por el mango. Sinceramente, yo me creo mucho antes a mis amigos que a esos hombres con cara de no ganar ni al parchís.

Pero no quiero desviarme del tema. Yo estaba hablando de cosas buenas… ¡Y cosas buenas hay muchas! Tantas, que es absurdo perder el tiempo con otras historias. Además, todavía no os he contado la mejor de todas.

Ocurrió al día siguiente de volver de Barcelona, cuando cruzaba el parque que hay junto a mi casa, camino de la oficina de Correos. Había un niño sentado en un columpio, y por algún motivo, su cara me resultaba familiar. Estaba tarareando una canción muy bajito, como para sí mismo, y la curiosidad me hizo acercarme a él para escuchar mejor lo que estaba cantando.
Qué sorpresa me llevé al descubrir que era una canción mía. Me hizo tanta ilusión que, ese mismo día, decidí que tenía que hacer un concierto para niños.

Así lo hice. ¡Y desde entonces no he parado!
Parece que los niños disfrutan mucho escuchando mis canciones, y a mí me encanta cantarles… ¡Son el público más divertido que he tenido nunca!
Además, los niños me están enseñando muchas cosas. Desde que canto para ellos he retomado algunas costumbres que había perdido, como caminar descalzo, o buscarle formas a las nubes. He recuperado las ganas de jugar, y creo que por fin he comprendido el motivo por el que estoy aquí, en este planeta llamado Tierra…

Es cierto que los humanos no van a cambiar, al menos de momento; y yo tampoco puedo cambiarles con mis canciones. Pero he descubierto que con pequeños gestos puedo influir en lo que tengo más cerca, y sacar lo mejor de las personas que están a mi alrededor. ¡Y me encanta este juego! Me hace sentir vivo, y además, ¡creo que es contagioso!

Las canciones siguen brotando de mí como setas en otoño, y nunca he tenido que volver a la consulta de aquel médico tan despistado. Sin embargo, últimamente, estoy empezando a tener pérdidas de memoria bastante grandes. Quizá sea el precio que debo pagar por haber encontrado mi sitio en la Tierra. No lo sé… Pero poco a poco me estoy olvidando de todo mi pasado.

La verdad, no sé si preocuparme por ello… ¿De qué me sirve recordar un planeta lejano, al que jamás voy a volver? Al fin y al cabo, solamente soy una estrella más del universo, un simple viajero en busca de la felicidad. ¡Qué más da de dónde venga!

En fin, por si acaso algún día me olvido de todo, voy a dibujar mi planeta tal y como lo recuerdo ahora. Así, al menos quedará plasmado en este diario.
Por cierto, mi planeta se encuentra en la galaxia M81, su nombre es Batrax, y todos sus habitantes nos hacemos llamar batracios.


Texto: Miguel de Lucas (Dr. Sapo)
Ilustraciones: Diego Alcalá

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