Batracio

Capítulo 2: Pelotillas

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17 Octubre, 2017

Durante estos años de convivencia con los humanos he aprendido muchas cosas sobre ellos, y les he cogido mucho cariño. Son seres entrañables, llenos de misterios, y cuando los tratas con amabilidad, son los mejores compañeros de juego que existen.
Son tan divertidos…
Tengo que reconocer que sus costumbres son algo extrañas, a veces incomprensibles para mí. Pero me encanta mezclarme con ellos y seguirles la corriente.

Casi todos pasan la mayor parte del día dedicados a realizar alguna tarea a cambio de dinero, y después se lo gastan en cosas que les hacen falta, como por ejemplo comida, cepillos de dientes, ropa o una plaza de garaje. ¡Qué juego tan divertido! Solo los humanos podían inventar algo así. Aunque curiosamente, a muchos no les divierte nada, y solo quieren terminar la tarea para volver a casa.

Las reglas del juego son muy sencillas. Gana quien más dinero consigue, para así poder comprar más y más objetos. Ellos lo llaman “ganarse la vida”, y se lo toman muy en serio.

–¡Yo también quiero jugar! —le dije un día a mis padres.
–Pues búscate un trabajo —me contestaron ellos.
Y lo busqué; aunque no resultó tan fácil como pensaba. Yo quería ser futbolista, astronauta o ladrón de bancos; pero al parecer esos trabajos no estaban a mi alcance. ¡No importa! Pensé… Seguro que encuentro algo que me gusta.

Empecé a ganarme la vida repartiendo publicidad por los buzones.
Después estuve un tiempo trabajando de camarero.
También fui mozo de almacén, peón forestal, albañil, carpintero…
Me gané la vida de muchas formas distintas, y todas ellas me aportaron un montón de cosas buenas. Sin embargo, ninguna terminaba de gustarme del todo. Me faltaba algo… pero no sabía el qué.
Finalmente encontré trabajo de jardinero, y el contacto con las plantas me hizo mucho bien. Hablaba a menudo con ellas y también con los pájaros que solían posarse en sus ramas. Les escuchaba cantar todas las mañanas, y después, cuando volvía a casa, me entraban unas ganas enormes de tocar la guitarra. Sus preciosas voces me recordaban mucho a mi planeta, y motivado por ellas, comencé a crear mis propias melodías.

Descubrí que era capaz de componer canciones. Y entonces pensé… ¿Por qué no dedicarme a eso? ¿Por qué no convertirlo en mi trabajo?

Así fue como encontré mi forma de ganarme la vida en la Tierra. Así fue como me hice vendedor de canciones. Por cierto, si quieres que te cante una canción, solo tienes que llamarme.


Texto: Miguel de Lucas (Dr. Sapo)
Ilustraciones: Diego Alcalá

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