Batracio

Capítulo 3: Rózate Conmigo

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24 Octubre, 2017

Recuerdo perfectamente el día de mi primer concierto.
Hace ya bastante tiempo, pero guardo cada detalle… Aquellas caras mirándome, aquellos aplausos, se me quedaron grabados para siempre.
Yo estaba muy nervioso, tanto que me temblaban las manos. Así que decidí hacer lo que suelen hacer los humanos en estos casos: emborracharme. Me tomé tantos chupitos que perdí la cuenta. Salí al escenario, cogí la guitarra, y con la primera nota olvidé todos mis miedos, cerré los ojos y me dejé llevar.
Todo salió bien aquel día, y al terminar el concierto la gente me compró muchas canciones.

Sin embargo, pronto me di cuenta de que no iba a ser fácil ganarme la vida así. Estaba muy mal pagado, y muchas veces volvía a casa con las manos vacías, sin haber podido vender ninguna canción.

Por suerte se me daba muy bien hacerlas, y cuando las cantaba todo el mundo se quedaba callado. Solían sentarse a mi alrededor y escuchar en total silencio. ¡Qué sensación tan extraña al principio! Era como si yo pudiera transmitirles, a través de la música, el efecto que provoca mi planeta en cualquier forma de vida, la libertad sin ataduras, sin gravedad…

Aun así, tuve que recorrer cientos de ciudades para darme a conocer y poder vender mis canciones. Era muy agotador estar todo el día viajando. ¡Pero no me importaba! Para mí era una oportunidad de seguir conociendo aquel planeta tan hermoso. Estuve en Cáceres, Barcelona, Sevilla, Murcia, y en un montón de sitios más. Y en todos ellos me encontraba con alguien especial que me ofrecía su casa para dormir y me enseñaba nuevos y ocurrentes juegos.

Poco a poco fui haciendo de la Tierra mi hogar, y los humanos fueron ocupando cada vez más espacio en mi corazón. Sin embargo, a medida que seguía escribiendo canciones, aumentaba mi torpeza en la convivencia con ellos.
Parecía que la música le estaba ganando terreno a todo lo demás, volviéndome cada vez más tímido y retraído. ¡Pero ya no podía parar! La música me tenía totalmente atrapado.

Por eso seguí viajando y viajando, sin dejar de hacer canciones. Y fue en uno de aquellos viajes cuando la vi por primera vez.
Ella estaba esperando el autobús, y yo andaba totalmente perdido, así que me acerqué para preguntarle. Pero cuando la tuve delante, algo muy extraño sucedió. Aquel calambre volvió a recorrer mi cuerpo, y de pronto mis pies se elevaron del suelo, como si la gravedad se hubiera olvidado de mí por un instante. La miré aturdido. Por algún motivo, ella me sonreía…

–¿Me das un beso? —preguntó sin dejar de sonreír.
–Claro —contesté.
Y se lo di.
Después nos quedamos parados, mirándonos sin saber qué decir. Creo que pasaron cien años…
–¿Puedo darte otro? —pregunté yo esta vez.
–Claro —contestó.

Aquel día cambió mi vida en la Tierra. Por fin había encontrado una compañera de juegos. Sin embargo, me sentí tan torpe…
Yo hubiera querido decirle muchas cosas, pero me quedé totalmente bloqueado. Solo cuando volví a casa, en la soledad de mi cuarto, comprendí lo que había pasado.

No podía dejar de pensar en ella, así que cogí la guitarra y empecé a cantar una canción que nunca antes había cantado.
Y entonces lo supe… Me había enamorado.


Texto: Miguel de Lucas (Dr. Sapo)
Ilustraciones: Diego Alcalá

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