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Papá en estéreo

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3 Octubre, 2017

Sonó como el ruido de una tela al romperse, pero más hueco.
Al principio no le presté atención, pero después escuché detrás de mí la voz de Conchi decir: he roto aguas. Y entonces todo cambió.
Me di la vuelta y la vi sentada en el borde de la cama. La sábana estaba empapada, y en el suelo había un charco de un líquido transparente y viscoso. Ella estaba sonriendo, y yo también. Quise terminar de escribir la frase que había dejado a medias en el chat de facebook, pero ya no podía concentrarme. Mi cabeza estaba bloqueada, y una energía increíble se estaba apoderando de mí.
Recuerdo perfectamente aquella sensación, mezcla de expectación y una inmensa felicidad. Era un sentimiento puro donde no cabía el miedo ni la duda, solo unas tremendas ganas de que la naturaleza siguiera su curso.
Ya vienen, pensé.

Fregamos el suelo de la habitación, cogimos las mochilas que llevaban semanas preparadas, y salimos rumbo al hospital de Guadalajara.
En el curso preparto nos habían instruido muy bien sobre los pasos que debíamos seguir, las cosas que nos harían falta, incluso la entrada del hospital por la que debíamos acceder cuando Conchi rompiera aguas o se pusiera de parto.
Me había preparado mucho para aquel momento. Había leído libros, tomado apuntes… Había reflexionado sobre lo que supone ser padre, y sobre la importancia del momento crucial del parto. Me sentía preparado y dispuesto para apoyar en todo a Conchi, y recibir juntos a nuestras pequeñas.
Y allí estábamos los dos, sin poder reprimir la sonrisa; rebosando de amor camino del hospital, mientras todos estos pensamientos cruzaban por nuestras cabezas.

Cuando entramos por la puerta del Hospital Universitario de Guadalajara, comenzó una historia diferente. Menos mal que íbamos mentalizados, porque nos encontramos básicamente lo que esperábamos. Fue una etapa corta pero muy intensa, y llena de contradicciones.
Antes de nada, quiero decir que guardo un recuerdo entrañable del nacimiento de mis hijas; y le estoy muy agradecido a la vida por haberme regalado momentos tan hermosos. Sin embargo, ahora que ha pasado el tiempo, siento la necesidad de escribir acerca de la experiencia que viví aquellos días. No sé muy bien por qué lo hago. Quizá contando mi historia pueda ayudar a algún futuro padre que se encuentre en la misma situación, o quizá no sirva de nada. Quizá no haga falta. Ojala…
Pero no quiero olvidar la decepcionante realidad que me encontré en el hospital. La falta de humanidad con la que todavía, en algunos lugares, se sigue tratando un acontecimiento tan crucial como es el nacimiento de una persona. Esas son exactamente la palabras: falta de humanidad. Porque no dudo de la profesionalidad del equipo médico que nos atendió: anestesistas, ginecólogos, cirujanos, etc. Sin embargo, nadie nos miró a la cara para preguntarnos nada; nadie nos escuchó, ni nos ayudó cuando nos sentimos sobrepasados por la situación. Para ellos todo parecía ser un mero trámite; Conchi una paciente más, y yo un acompañante pesado. Para nosotros, sin embargo, fue el acontecimiento más intenso y bonito de nuestras vidas.
Después de aquello, supe por donde empieza a torcerse el mundo; justo en el momento en que venimos a él, en el peor lugar para hacerlo…

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Pero antes de contar la aventura del parto, me gustaría recordar algunos momentos que vivimos durante el embarazo. ¡Qué etapa tan bonita! Nunca había visto a Conchi tan guapa como con aquella enorme barriga. Recuerdo que desde muy pronto apoyaba mi mano en ella, tratando de sentir algún leve golpecito o movimiento interno que delatara la vida que había dentro. Tuve que esperar bastante para notar algo; pero pronto lo que empezaron siendo suaves golpecitos, se convirtieron en enormes patadas que hacían temblar la tripa entera de la madre.
Yo les cantaba mucho, y casi siempre respondían con alguna patadita; sobre todo Candela, con la que desde muy pronto noté una afinidad especial.
También les gustaba mucho el agua. Cada vez que Conchi se metía en la piscina, empezaban a moverse como locas. En general se movían mucho, ¡y lo siguen haciendo! Desde muy pronto demostraron ser unas niñas muy activas.

Entrando ya en temas médicos. Las ecografías bien…
Tantos centímetros de perímetro cefálico, tantos centímetros de fémur, tantos kilos de peso, y ale que todo está bien. Que pase el siguiente. Eso sí, te regalan una imagen del feto en la que no se distingue nada, para que te vayas contenta.
Una de las cosas que me chocaron desde el principio fue que cada vez que íbamos a algún tipo de control del embarazo nos atendía una persona distinta. Daba igual que fuera el tocólogo, el ginecólogo, un análisis, una ecografía… siempre era alguien diferente. Solo se repetía la matrona, que en las pocas visitas que le hicimos se limitó a revisar los papeles que llevábamos, hacernos un par de preguntas protocolarias, y darnos algunos consejos sobre alimentación. Todo era muy frío, muy ajeno…

El curso preparto sin embargo estuvo muy bien, y aprendimos un montón de cosas que después nos vinieron de perlas. Por supuesto, no falté ni un solo día.

Recuerdo con bastante indignación nuestra última visita al ginecólogo, que me echó de la consulta con la excusa de que tenía que hacerle una prueba a Conchi. Un exudado vaginal, para más datos.
Minutos antes habíamos comprobado en la sala de ecografías que Candela seguía en posición podálica, es decir, que no estaba colocada correctamente para un parto natural, y que probablemente tendrían que nacer las dos por cesárea. Sabíamos que aquella consulta con el tocólogo era crucial. Y sin embargo, a pesar de mi resistencia, me obligaron a salir de la sala y esperar fuera, mientras dentro se decidía sobre el momento más importante de la vida de mis hijas.
Me sentí como una mierda. Dí varios paseos nerviosos por el pasillo del hospital, y finalmente me acerqué a la puerta y pegué la oreja tratando de escuchar lo que estaban hablando dentro. Cuando escuché “cesárea programada” entré en la consulta. Pero no sirvió de nada…
Salí del hospital tratando de disimular mi enfado. No quería hacer un drama, ni poner nerviosa a Conchi. Pero por dentro me ardían las entrañas.
¿Quién coño era aquel tipo para decidir el día que deben nacer mis hijas? Tendrán que nacer cuando ellas quieran, digo yo… ¿O también nos imponen esto?
Cómo es posible que se nos niegue el derecho a tomar nuestra primera decisión como seres humanos: el momento de nacer.
Por mi cabeza asomó una idea que me consoló bastante. No creo que esperen a nacer el día estipulado, pensé. Seguro que se adelantan, aunque solo sea por llevar la contraria. Y así fue.

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Las doce y media de la noche no es mal momento para romper aguas. A esa hora ya se puede encontrar algún aparcamiento libre en los alrededores del hospital; y tampoco tuvimos que esperar mucho a que nos atendieran.
Pasaron a Conchi a la sala de monitores para controlar el ritmo de las contracciones, pero todavía eran leves y estaban muy espaciadas, así que la subieron a planta. Por suerte estábamos solos en la habitación. Yo me acurruqué en una especie de sillón que había, y me tapé con una manta para contrarrestar el frío de mediados de julio, con el aire acondicionado a tope. Conchi pasó la noche fatal, con contracciones cada vez más intensas que le hacían gritar de dolor. Nadie entró en la habitación en toda la noche.

Las nueve de la mañana nos pareció una hora razonable para tocar el timbre. En pocos minutos apareció una enfermera, que le puso un calmante a Conchi y avisó para que la llevaran a quirófano para practicarle la cesárea.
Al rato vinieron a buscarla. Yo intentaba pasar desapercibido y estorbar lo menos posible a los enfermeros. Mi intención era acompañar a Conchi en todo momento para darle apoyo y cariño.
Entramos en el ascensor y bajamos varias plantas. Después recorrimos unos cuantos pasillos hasta llegar a la puerta de acceso a los quirófanos. Allí alguien me cortó el paso y me dijo que no podía entrar. Fue un bofetón de realidad en la cara, que me dejó tocado. Me agarré a la camilla donde llevaban a Conchi y traté de formular una queja…
–¿No puedo pasar con ella? —pregunté.
–No, usted no puede pasar.
Casi no pude ni despedirme de Conchi. Intenté reponerme y dedicarle mi mejor sonrisa.
–Hasta ahora cariño —le dije.
–Hasta luego.
Y desapareció por la puerta.

Pocas veces me había sentido tan solo. Me quedé plantado en aquel pasillo, mirando fijamente la puerta por la que había desaparecido Conchi. De pronto, la puerta se volvió a abrir y apareció una comadrona que vino directa hacia mí.
–¿Es usted el acompañante de Concepción Mingorance?
–Si, soy yo.
–Puede esperar en la sala de espera, por aquella puerta. No se preocupe. Cuando nazcan las niñas le avisaremos.
–Muchas gracias —dije con cierto alivio, y volví a la carga—. Queremos hacer el “contacto piel con piel”. Yo soy el padre.
–No se preocupe.


En este punto quiero explicar el significado de la expresión “contacto piel con piel”. Que no es más que el contacto inmediato tras el parto, de la criatura recién nacida con su madre; lo que proporciona calor y tranquilidad al recién nacido, acelerando su adaptación metabólica y poniendo en marcha el proceso de vinculación. Vamos, lo que por naturaleza y pura lógica debería ocurrir siempre.
Conchi y yo estábamos convencidos de la importancia del “contacto piel con piel”. Pero sabíamos que en muchos hospitales, cuando el parto es por cesárea, no se entrega el recién nacido a la madre, sino que les separan durante horas hasta que ésta sale de reanimación. Sin embargo, es posible que el bebé se entregue al padre mientras tanto. Y eso justamente, es lo que yo estaba solicitando.


La sala de espera era un habitáculo tétrico, pequeño y sin ventanas. Ni siquiera llegué a entrar. De todas formas, no me hacía ninguna gracia alejarme de la puerta por la que se habían llevado a Conchi. Así que me apoye contra la pared pasillo intentando adoptar una postura lo más cómoda posible, y monté guardia.

Estuve esperando unos treinta minutos, con la extraña certeza de que todo iba a salir bien. A pesar de los acontecimientos, yo siempre mantuve aquella sensación de profundo optimismo que me invadió desde el principio. No podía evitar estar feliz; pero siempre alerta… sin perder de vista la puerta, ni la gente que deambulaba por el pasillo de un sitio a otro.
Al fin salió la comadrona sujetando un bebé en brazos. Me puse de pie y salí a su encuentro.
–Aquí está Candela —me dijo.
Eché un vistazo corto a mi hija. Parecía sana.
–¿Y la otra? —pregunté.
–Ahora la traen.
La comadrona parecía tener prisa por marcharse con la niña, así que aplacé mi primer beso de padre y pasé a la acción.
–Quiero hacer el “contacto piel con piel” con las niñas —declaré.
–Pues… —ella dudó por un momento—. Si quieres, mejor espera en la sala y cuando estén las dos te avisamos.
Fue entonces cuando, por primera y única vez, me puse realmente serio. No iba a permitir que mis hijas pasaran sus primeros minutos de vida sin el amparo de su padre ni de su madre.
–No, prefiero hacerlo inmediatamente. Voy contigo.

Seguí a la comadrona hasta la sala de neonatos. Para mi sorpresa, allí estaba ya Abril (la otra melliza). Me hicieron sentar en una silla con respaldo y me pusieron a las niñas encima, cubiertas con una toalla. Fue un momento crucial para mí.
Sentí aquellas dos criaturas indefensas moverse sobre mi pecho, y solo quería protegerlas. Buscaban claramente el pezón de la madre, pero yo era su papá. Instintivamente empecé a cantar. Y así estuve aproximadamente tres horas… el tiempo que tardaron en soltar a Conchi.

Fueron tres horas que jamás olvidaré. Tres horas en las que mi amor por ellas no dejó de crecer ni un momento. Tres horas que dieron para mucho…
La toalla que cubría a las niñas se deslizaba constantemente, y tenía que pedir ayuda a las enfermeras para que nos volvieran a tapar. El aire acondicionado estaba bastante alto, y tenía miedo por las niñas. Son cosas que no te esperas encontrar en una sala de neonatos, donde se supone que la temperatura es tan importante. Pero vamos, que tampoco me atreví a preguntar si lo podían bajar… ¿te imaginas?
En varias ocasiones las enfermeras me sugirieron que dejara a las niñas en la incubadora y me fuera un rato a descansar o a fumarme un cigarro; pero yo no pensaba separarme de ellas ni un centímetro.
De vez en cuando preguntaba por Conchi; cómo estaba, si había salido ya de reanimación. Pero no me hacían ni caso.
–No te preocupes. Nos avisarán —es toda la respuesta que conseguía de las enfermeras.

Finalmente tuve que separarme de mis hijas para ir al servicio. Tardé apenas unos minutos; pero cuando volví una enfermera ya sujetaba a Abril con una mano, mientras le enchufaba una jeringuilla de leche preparada con la otra. Me sentó fatal…
Después hizo lo mismo con Candela. Según me dijo, las niñas tenían la glucosa baja, y era necesario administrarles leche para evitar riesgos.
Ésta me la tuve que comer…

Cuando avisaron por teléfono de que Conchi ya había salido de reanimación, me dio un vuelco el corazón. Tenía muchas ganas de verla, y estaba deseando que las niñas por fin estuvieran con su madre.
Fue muy bonito escuchar sus sollozos de alegría cuando le pusieron a las niñas encima. Todo había salido bien.
Nos subieron a la habitación y por primera vez nos quedamos los cuatro solos. ¡Qué momentazo! En un segundo habíamos duplicado la familia. Estábamos el doble de felices, y nuestras caras así lo reflejaban. Incluso hice una foto para inmortalizar el momento. Ah, vale… que eso es lo normal. Pues debo ser yo el raro; porque en todo el día solo saqué el móvil para hacer aquella foto, y para avisar a mis padres de que ya habían nacido las niñas.
Conchi y yo habíamos decidido previamente que solo íbamos a avisar a los parientes más cercanos; y solo cuando las niñas ya hubieran nacido. Sabíamos que las primeras horas de vida de nuestras hijas eran muy importantes, y también que no serían nada fáciles para nosotros. Por eso queríamos estar tranquilos y dedicarnos plenamente a ellas.

Estuvimos tres días en el hospital, y durante ese tiempo libramos unas cuantas batallas. La principal, conseguir que las niñas iniciaran la lactancia materna. Pero hubo otras muchas. Por ejemplo sobrevivir al frío del aire acondicionado.
La primera noche casi muero congelado. Menos mal que una enfermera se apiadó de mí y me prestó una manta del hospital.
–Escóndela en el armario, o te la quitarán en cuanto entren a hacer la habitación—me advirtió.
Y es que yo, como pareja de la madre y padre de las criaturas, no gozaba de los “privilegios” de estar ingresado… Ni siquiera me permitían utilizar el cuarto de baño de la habitación. Si quería hacer pis o lavarme las manos, tenía que utilizar el baño público. Estaba claro que si alguien sobraba allí, era yo.

Fueron los días más intensos que recuerdo. Cada minuto surgía una nueva duda, un nuevo reto. Nosotros tratábamos de escuchar a las niñas, y dejar que ellas nos mostraran el camino. Pero los miedos siempre estaban ahí. Nos sentíamos tan confusos, tan inexpertos…

En general mantuvimos un trato cordial con todos los enfermeros que nos atendieron. Sin embargo, era complicado pedir consejo, porque cada uno decía una cosa distinta. En muchos casos, el enfermero que entraba con el nuevo turno rebatía lo que nos había dicho el anterior, y nos aconsejaba hacer justo lo contrario. Alguno hasta se mosqueaba, y rumiaba reproches contra las “corrientes modernas”…
En lo que sí coincidían casi todos los enfermeros era en quejarse por el color de las etiquetas que colgaban de las cunas.

–¿Cómo están estos niños?—preguntaban al entrar.
Al principio contestábamos…
–Son niñas.
–¿Y quién les ha puesto cartulina azul en vez de rosa?—criticaban enfadados.
Nosotros flipábamos. Solo hacía falta vernos las caras para comprender que estábamos sobrepasados por la situación. Éramos un auténtico mar de dudas; pero lo único que parecía preocupar los enfermeros era el color de las etiquetas.

Pero no todo fueron cosas negativas. También hubo enfermeros que nos ayudaron, y empatizaron con nosotros en lo que pudieron. Gracias a ellos y al apoyo de nuestras familias, aquellos días en el hospital fueron mucho más llevaderos.
Yo me hice varios cursos acelerados: cambio de pañales, usos y misterios del sacaleches, formularios del registro civil, cómo moverse por un hospital sin perderse, incluso cómo estar tres días casi sin dormir. Ufff… ¡fue una locura!

Finalmente nos dieron el alta y nos fuimos a casa.
Salimos por la puerta del hospital con millones de dudas aún, pero felices y con la sensación de haber hecho las cosas bien.

Mi siguiente reto fue poner las sillitas de las niñas en los asientos del coche. Pero esto ya os lo contaré otro día.


AGRADECIMIENTOS

Hoy las niñas tienen 14 meses y siguen tomando teta. Son dos niñas sanas y felices, que han llenado de alegría nuestras vidas.

Quiero aprovechar esta ocasión para dar las gracias a todas las personas que nos ayudaron en las semanas posteriores al nacimiento de las niñas. Por supuesto a nuestras familias, pero también a gente maravillosa que, sin conocernos de nada, nos abrió su corazón para hacernos el camino más fácil. Gracias también a los grupos de apoyo a la lactancia Lactavida y Regazo de Madre.

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11 Comments
  1. Responder

    Beatriz

    3 Octubre, 2017

    Muy bonito escrito. Por la seguridad social, es muy difícil que dejen pasar al padre en una cesárea.

  2. Responder

    Susana

    3 Octubre, 2017

    Jooo que bonitos recuerdos del nacimiento de mi brujilla, y empatía porque yo tb estuve despegada de mi hija casi 6 horas…ni tan siquiera me la dejaron tocar….
    Sois unos padres maravillosos! Y Candela y Abril tienen mucha suerte😉

  3. Responder

    Mónica

    3 Octubre, 2017

    Me has hecho llorar Miguel. Qué bien escribes. Me he sentido muy identificada con esa falta de humanidad en.un.momento tan importante. Ya estoy enganchada a tu blog. Gracias

  4. Responder

    Miguel 1,2,3

    3 Octubre, 2017

    Gracias por vuestros comentarios, sinceros y emotivos. Las dudas que tenía sobre este blog, se han convertido en ganas de escribir. ¡Un abrazo!

  5. Responder

    Gloria

    4 Octubre, 2017

    Cuando somos padres por primera vez muchísimos pensamientos pasan por nuestra mente y lo que está en nuestro corazón hacia nuestras hijas permanecerá allí infinitamente, Felicidades por ser papá !! Eres un padrazo!!! Un abrazo enorme de camino para ti, para Conchi y sobre todo muchos besazos para esas preciosas haditas que son Candela y Abril 😉

    • Responder

      Miguel 1,2,3

      5 Octubre, 2017

      Gracias Gloria! Un fuerte abrazo para toda la familia!

  6. Responder

    Angel

    5 Octubre, 2017

    Leyendo tu relato he vuelto a revivir el mío, también tengo dos niñas, de 19 meses, que también nacieron por cesárea en el hospital de Guadalajara. Sin lugar a dudas, y pese a muchos sinsabores, la mejor y más bonita experiencia de mi vida. Un fuerte abrazo y disfrutad de esos dos enormes tesoros.

    • Responder

      Miguel 1,2,3

      5 Octubre, 2017

      Sin duda! Un abrazo Angel, y enhorabuena para ti también!!

  7. Responder

    *mo

    8 Octubre, 2017

    Claro que sí, Miguel! Enhorabuena, son hermosísimas!

  8. Responder

    Noelia

    24 Octubre, 2017

    leido a si a bote pronto…a salto de charca…se me saltan las lagrimas…muy emocionante compi de charca. me alegra que tus peques tomen teta, tanta teta…lorea dijo adios a la teta hace 20 dias. me alegro que tus nenas nacieran en el hospi de guada, porque guada mola, y hay que traer alcarreñas al mundo… un saludo, esta temporada te espero tambien en los micros de mi charca. ENHORABUENA FAMILIA

    • Responder

      Miguel 1,2,3

      24 Octubre, 2017

      Gracias Noelia! me apunto a tu charca 😉
      Un beso

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